El lifting

Estas cosas no se deberían hacer delante de una madre, pero los tiempos están difíciles y hay que venderse a cualquier precio. Es mi pequeño reality ¡Bon appétit!

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Antes de que ella llegue a casa

Martínez y sus amiguetes habían ya agotado su estancia en ese callejón que desembocaba en una calle más importante y viva de la prometedora ciudad nocturna del sábado. El macetero urbano de tierra y sin rastro de planta alguna en el que se sentaban lo encontraron perfecto como papelera donde depositar sus latas de cerveza made in china. Estaban listos para mover ficha y ascender a un lugar más sofisticado. Qué joven era la noche y cuántas estaciones quedaban todavía ¿Pero cuál era el destino, esa última parada del viaje nocturno? ¿Era una discoteca misteriosa y exclusiva? ¿Era la casa de alguien? ¿Era el amor?… La verdad es que para Martínez llegar al ordenador, que le esperaba incondicionalmente en casa, era siempre la recompensa del esfuerzo de la vida real. No salía con sus amigos prioritariamente para divertirse sino para generar ese contraste necesario que da valor a su mundo solitario. Se quedó mirando un rato ese macetero de colillas y basura que algún día fue el hogar de una planta cargada de mucha fe y sintió un espontáneo rechazo por esa raza desmoralizada que era el ciudadano. Fue entonces cuando concibió su mini-performance de medianoche:

–       Muchachos, he pensado que podríamos tirar las cervezas a la papelera que está junto a esa farola en vez de dejarlas aquí…

A alguno de ellos se les veía en la cara un principio de incomodidad porque ¿a quién le gusta que le digan lo que tiene que hacer?

–       ya sé que mi actitud puede parecer cortarrollos, anti-compañerista, remilgada, fuera de lugar, inusual, decepcionante… pero es que se me acaba de ocurrir una nueva performance urbana, una nueva forma de intervención artística: no sería una denuncia ni una acción plástica, ni siquiera una obra conceptual. Simplemente tiraríamos las latas a la basura de manera minimalista e invisible, algo no condicionado por el ego, pero tampoco por el deber. Lo haríamos por voluntad ¿entendéis? ¡Por voluntad, es lo más grande que se me ha ocurrido en meses…!

Pero Martínez siempre fue un personaje de enérgica pasión pero poco olfato para el márquetin. Claramente no era el momento ni la compañía para construir un momento demasiado elevado. Los listillos de la pandilla contraatacaban con diferentes argumentos: uno, con que prefería la obra de arte de las latas en el macetero porque le parecía más bonita. Manuel, en cambio, decía que le estaban dando trabajo a los barrenderos, – ¡nos necesitan, tío, estamos trabajando para ellos!-.

Ante estas reflexiones de mercadillo Martínez siempre sentía que tenía que buscar la réplica perfecta, pero esta vez le daba mucha pereza. “Quizás tengo que empezar a cambiar de amigos”, pensaba sin excesiva gravedad.

Ya se había dispersado el ambiente cuando Martínez enganchó 6 latas con los dedos muy estirados y los depositó en la papelera, que curiosamente estaba a rebosar y tuvo que apañárselas haciendo una pirámide en equilibrio imposible. Acto seguido y sin razón alguna la construcción se deshizo y sus latas más unas cajetillas de tabaco, colillas y vasos de plástico se precipitaron al suelo. Si hubiera estado allí alguno de sus amigos le habrían dicho “¿lo ves, lo ves…?”, justificando que lo correcto es muchas veces no actuar. A cambio encontró una revista apoyada en la base de la papelera. Era un número atrasado del Hola en cuya portada salía la Duquesa de Alba en la playa y en bikini. Ahí se contaban novedades tras su celebrada boda. Ver a aquella mujer de por lo menos 100 años semidesnuda le recordaba a Cristal oscuro, una vieja película de su infancia, en la que unos pajarracos negros medio salidos del infierno inventaban una máquina para chupar la vitalidad de los aldeanos para rejuvenecer sus cuerpos. Eso fue lo que le sugirió esa imagen. Un instante después decidió que se estaba volviendo loco porque ya no comprendía el mundo en el que vivía. Se sentía fuera, se sentía solo. Ayer hubiera compartido ese divertido momento con sus amigos a costa de esa pobre mujer pero ahora en cambio… ¿Qué le estaba pasando? Sus emociones eran poco sólidas. Lo único que le estimulaba de verdad era volver a su solitaria casa a jugar un par de horitas a los Sims, un juego en el que simulas ser una persona de verdad, en una ciudad de verdad, haciendo una vida real. Hace unos días que había obtenido un trabajo nuevo allí mismo, en los Sims. Trabajaba precisamente para una fábrica de cerveza, en un puesto bastante bueno donde ganaba más dinero sim que antes y tenía intención de seguir ascendiendo en su escala social. Miraba ahora el retrato de la duquesa y le resultaba más amable, ya no le daba miedo.

Martínez se despidió de sus amigos no sin tener que dar explicaciones ni sin saber positivamente que alguno juzgaría su actitud bajo la premisa equivocada de que les abandonaba enfadado por haber fracasado en su intento aquel de las latas de cerveza. Esta situación le ocurría cada vez más a menudo. Cuando iba al colegio se molestaba mucho en corregir estas equivocaciones pero ahora ya no por dos razones: porque le daba igual y porque ya no tenía tan claro el límite entre la equivocación y la razón.

Cogió al vuelo un autobús nocturno y se evitó así dar más explicaciones. Durante el viaje se quedó mirando aquella portada de la duquesa mientras se deleitaba en los planes que tenía para su Sim. Estaba en proceso de conquista de Rita, una vecina a la que había invitado a cenar un par de veces pero su medidor de corazones no pasaba del 3, lo que significaba que le tenía aprecio pero la empatía entre los dos no funcionaba aún. Martínez no tenía prisa porque su vida era una sinfonía de actividades de todo tipo que iba orquestando granito a granito. Ahora estaba construyéndose un chalet en una urbanización donde vivía gente con clase, como actores y famosos empresarios. Todo lo que ganaba lo invertía allí con la ilusión de trasladarse cuando le fuera posible e invitar a Rita a visitar su bodega de vinos y un salón especial para escuchar música con un equipazo de la tienda sims&Olufshen, una ingeniosa empresa que montó hace unos meses Aragorn82, un conocido suyo de ese mundo virtual. La duquesa le seguía mirando con sus ojos de cristal oscuro. Se imaginaba teniéndola de vecina y asistiendo a sus grandes fiestas virtuales. También iría Aragorn82 y les presentaría con orgullo. La señora Alba le preguntaba con complicidad ¿Me invitarías a dormir? –Pero usted está casada… – le contestaba Martínez,  -y yo estoy enamorado de Rita…-.

Cuando se sentó en su escritorio y mientras arrancaba el ordenador, le invadió un pensamiento muy lejano: ¿Qué pasaría si me muriera ahora, a mitad de mi vida, con mi casa a medio construir? ¿Se enteraría Rita e iría a mi entierro? ¿Quién en este mundo se encargaría de mi entierro?

–       ¡Jajaja!- se reía entonces la Duquesa de Alba, -¿Te imaginas morirte tú físicamente y que fuera tu avatar de los sims el que se encargara de tu entierro?

–       Me sorprende usted duquesa, su sentido del humor es propio de una joven de veinte años.

–       Un siglo de sabiduría en un cuerpo de 20. Y aquí sigo, dando de qué hablar.

–       Aconséjeme algo, Duquesa, que estoy un poco perdido últimamente…

–       Pues… que te des prisa en terminar lo que tienes entre manos… ¡date prisa, para poderla recibir!

–       ¿Recibir a quién, a Rita?

–       ¡No, a la muerte!

Martínez, obviamente se quedó un poco desorientado con esta respuesta.

–       ¿Se refiere usted al mundo real o al virtual?

Flower Power

Flower Power (TM) es un pedazo de invento de una compañía de los EEUU que tiene previsto su lanzamiento estas navidades en todo el mundo. Se trata de una serie de flores sintéticas de aspecto hiperral. Huelen y crecen como cualquier especie silvestre, imposibles de diferenciar de aquellas. Hasta tienes que regarlas y mantenerlas con cariño si no quieres que se te “mueran”. Son especialmente indicadas para centros comerciales  y jardincitos de hall de grandes edificios de corporaciones multinacionales 8porque por ahora se salen un poco del presupuesto doméstico, pero la empresa responsable de este invento, Real life SA, asegura que para antes del 2015 ya dispondremos de modelos mejorados para todos los bolsillos. Según las instrucciones de instalación y uso que los redactores de esta revista hemos tenido el privilegio de leer, se necesita un metro cúbico de espacio bajo tu Flower Power (TM), por lo que no es instalable más que en bajos sin garaje. El produto te lo suministra un camión de la empresa incluído en el precio y viene con 2 cargas de uranio de regalo.

Por cierto, el dibujo, al ser cuadrado, queda estupendo como portada de un CD de recopilación de música electrónica o de back up.

Sauro cuento ii

A Pizarro le entró un escalofrío por el espinazo cuando leyó este escueto anuncio por casualidad en un periódico gratuito del metro.  Acostumbrado a un mundo de publicidad engañosa, a la letra pequeña, a de mensajes con el mínimo de sinceridad que la ley obliga…  le impresionó el desnudo y honesto término “señoras”.

Víctor Pizarro es un artista de los buenos y sabe que la vida nunca te deja tirado cuando te guías por el corazón, así que decidió irse a la deriva en busca de material fresco para su próxima obra. Siempre acaba ocurriendo algo, se dijo, quién sabe ¡igual hasta me enamoro! Y otro escalofrío le sacudió todo el cuerpo.

Cuando entró en aquel bajo y vio a 25 personas con esa naturalidad que se siembra entre los desconocidos que llevan muchas horas de espera kafkiana, descubrió que no tenía ni idea de dónde se había metido. Bajando las escaleras se cruzó con un hombre madurito llorando, vestido de casual sport y peinado con gomina anunciada en tv. –Fascinante- pensó -cuando menos te lo esperas encuentras una mina de oro enterrada debajo de ti a menos de un palmo.

Así estuvo un par de horas esperando en los asientos de la sala pegando bien el oído a las conversaciones de los hombres que habían acudido a esa especie de casting del amor. Un tío llevaba intentándolo años y aún no había conseguido que le contrataran ni siquiera para casos difíciles. –Eso es porque eres demasiado normal-, le decía uno pequeñito con el que llevaba toda la tarde charlando de lo mal que estaba el curro últimamente –a mí siempre me cae algo porque esto está plagado de caprichosas. Conozco a uno que se amputó una pierna para destacar en el catálogo y desde entonces no le ha faltado ni una semana de acción-. “¡Por Dios, de qué coño habla esta gente…!” pensaba Pizarro. -Yo, cuando era soltero -contaba otro-, siempre me preocupaba por qué pasaría cuando me casara, si es que eso llegaba a ocurrir alguna vez y ahora que tengo una bonita esposa las ofertas me caen del cielo como lluvia tropical-.

Las mil y una historias se escuchaban allí.

Por lo visto entrar no era nada fácil porque había mucho aprovechado sin escrúpulos que pensaba que aquello era un juego, por eso la dirección se aseguraba de que realmente vales para el trabajo y te preparan un caso de iniciación: investigan muy fuerte sobre tu persona en la base de datos que tienen y te someten  a una prueba difícil, como en la mafia cuando tienes que matar a alguien inocente, traspasando así la verdadera barrera entre los dos mundos. ¿Será posible que esta gente conozca tus puntos débiles? Gracias a Dios hemos construido un mundo de protección de datos y esto no sería legal… aunque por otra parte desde que he bajado esas escaleras la ley no parece un organismo con poder ¿Y si… qué sé yo, atravieso esa puerta y me encuentro con mi madre? Recuerdo cuando era niño y mi padre se tenía que hacer la cena todos los viernes porque mi madre iba a un curso nocturno de inglés ¡Qué horror!-. Por lo visto  uno que esperaba allí contaba que la primera vez le colocaron con su tía Ramona, la hermana de su padre, una mujer calladita y soltera que veía de año en año en la cena familiar de navidad y de la que sabía que escribía los horóscopos de una revista de mujeres. Desde entonces en navidad tiene un oscuro secreto más en su haber.

Como a fuego lento los aspirantes iban entrando uno a uno por aquella puerta y Pizarro empezaba a arrepentirse de haber bajado, pero ¿qué tipo de artista iba a ser a partir de ahora si abandonaba la misión? Siempre se había considerado un tipo aventurero y emprendedor, así había llegado hasta aquí y como decía, la vida nunca le había dejado tirado. Y no lo iba a hacer esta vez. Fuera lo que hubiere tras esa puerta lo iba a superar.

-¿Víctor Pizarro?- Preguntó un hombre que podría haber sido perfectamente el de la oficina de la ITV y se levantó de un golpe con el corazón de cero a cien en un segundo, en un solo bombeo.

-Soy yo.

-¿Cuál va a ser tu nombre a partir de ahora?

– Eh… pues no lo había pensado. Llamadme Shoppenhauer.

– ¿Un rollo intelectual, eh? No Te va a ayudar mucho ahí dentro.

Pizarro entró en el cuartito y encontró a una señora mayorcita de aspecto amable y familiar… al principio le produjo un respiro de tranquilidad ver que la amenaza se había disuelto. No era nadie que conociera y si así fuera no sería mucho el trastorno. Pero de repente se sembró una sospecha afilada como una jeringuilla: ¿Señorita Águeda? ¡Dios mío, sí…! Era su profesora de lengua de 4º de EGB, o sea, de cuando estudiaba en el colegio a los 10 años. Nunca pensó que podría reconocer a un viejo profesor tan instantáneamente. La memoria es una cosa mágica -¿Sabe ella quién soy?-, pero eso era casi imposible, por las aulas de una profesora pasan miles de alumnos a lo largo de su profesión, “Ahora soy yo el profesional” pensó y se le puso la piel de gallina. La recordaba perfectamente. Probablemente su mente nunca en la vida se la hubiera revelado, pero con este contacto se abrió un canal directo en su cerebro como un cuchillo sobre mantequilla. Recordaba aquel examen de febrero en el que fue expulsado por copiar y aquella redacción de tema libre en la que le puso sobresaliente. Esta mujer sabía cuándo castigar y cuándo recompensar. Dios mío, qué hace ella aquí… y qué hago yo. -No me reconoce ni me reconocerá ¿Qué hago? Si tiro para adelante sería como follarme toda mi infancia… yo no valgo para esto, yo me voy…- y se acercó a la puerta por donde entró como quien se a olvidado la cartera o las gafas en el coche y ahora vuelve, pero estaba cerrada. -Soy una mierda de artista, vale, pero sobre todo soy persona ¿Qué hago…? Venga tío, ya verás cuando se lo cuentes a los muchachos ¿Qué muchachos? todos tienen familia y se preocupan por pagar sus facturas… la verdad es que estoy un poco cansado ahora…-, tiró otra vez de la puerta, esta vez con todas sus fuerzas y notó una cierta elasticidad que denotaba que no estaba cerrada con llave sino que alguien desde fuera contra-tiraba de ella mudamente.

-Vaya, están tirando… de la puerta.

-Ellos están tirando- replicó automáticamente la señorita Águeda, -¿qué están tirando? De la puerta: Complemento directo